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Feminismo, entre el ímpetu y la necesidad

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Regina Grisolia, Licenciada en Comunicación Social, Diplomada en Género.

El siguiente informe tiene un doble propósito: por un lado, sintetizar el cúmulo de experiencias, políticas, publicaciones e informaciones recogidas de manera aleatoria y disruptiva durante mi estancia en la IV Cumbre Iberoamericana de Agendas Locales de Género; y, por el otro, trazar una serie de ejes o lineamientos políticos que aparecen como más importantes -y no por ello menos urgentes- en el complejo escenario de la Iberoamérica actual. La primera intención se vislumbra casi como una obligación ante experiencias semejantes, como un modo de reordenar las prioridades, la mirada y hasta los sentires. La segunda, viene a marcar un hito en los recorridos personales y colectivos realizados hasta la Cumbre y después de ella, tomando precisamente nuevas voces para nombrar los desafíos compartidos y los horizontes de cambio.

Antes de comenzar, algunas aclaraciones tan obvias como necesarias: que los ejes que enumeraré surgen de mi propia experiencia en la Cumbre, tan subjetiva como cualquier otra, así como de los andares previos y posteriores a ella; y que, en cada uno, intentaré hacer -o exponer- los cruces necesarios entre las desigualdades de géneros, y las de clase, etnia, raza, geográficas, generacionales y hasta religiosas.

A las violencias simbólicas, desacreditación del Patriarcado

En el taller de Comunicación y Género que brindó, la escritora, periodista y activista española Nuria Varela se propuso reflexionar sobre el lugar de las mujeres en los medios. Para hacerlo, brindó estadísticas de un Estudio realizado en los medios de comunicación españoles, que afirmaba que las mujeres aparecemos representadas en 1° lugar como opinión popular (esas trivias callejeras en la que los y las periodistas, salen a recoger opiniones al azar sobre prácticamente cualquier tema); en 2° lugar y, de manera similar, como testimonio de algún suceso puntual; en 3° lugar, como protagonistas y, de todas las opciones existentes, primero como víctimas; y, por último, recién en 4° lugar, como expertas. Pero claro, de todas las alternativas posibles de experticia: 1° como madres y cuidadoras y 2° en relación con los hombres. Es decir, expertas en “temas de mujeres”.

Resulta claro que, de realizarse esta investigación en Argentina o en cualquier país latinoamericano, la cosa no variaría demasiado, y también, que el punto no es que no aparezcamos en los medios, sino cómo lo hacemos. Cuando además empezamos a desagregar nuestras apariciones no sólo en el mundo del periodismo y las noticias, sino por ejemplo en las ficciones diarias, y hacemos los cruces necesarios, caemos en cuenta de la escasez de mujeres trans en la televisión, de mujeres negras u originarias, cuya presencia no sólo es mínima sino que suele limitarse a estereotipos que van desde lo cómico a lo discriminatorio.

Lo que predomina es el silencio, mandato patriarcal por excelencia. O somos un testimonio decorativo o, cuando tenemos un rol protagónico, aparecemos sobrerrepresentadas como víctimas, ergo, sin voz. En esa expulsión del discurso y en esa persistencia del no poder, es donde puede apreciarse la buena salud del patriarcado. Así las cosas, agregaba la española, los medios de comunicación, continúan siendo foros patriarcales y el mundo un lugar androcéntrico.

Buena parte del problema reside en el lenguaje, pues hemos sido expulsadas hasta del discurso, que se denomina neutro y universal, pero no es ni el uno ni el otro. “¿Por qué el lenguaje se adapta de modo selectivo y acepta enseguida el término asistenta, pero se resiste tanto a tomar los términos jueza o presidenta? No hay problema, en cambio, cuando los hombres entran en nuestras profesiones, incluso con un marco mayor de respeto: a la cocinera, el chef; a la azafata, el asistente técnico de vuelo (y en este término, se cae la excusa de la economía del lenguaje); a la peluqueras, el estilista”. Entonces, ¿se trata de una cuestión lingüística o de poder?

Varela era categórica: no es sólo una cuestión de derechos el desmontar estos sentidos, sino además una lucha por la funcionalidad del propio lenguaje, pues una comunicación sexista, es una mala comunicación, que impone una mirada del mundo sesgada y no cumple con su función de comunicar. Del mismo modo, el androcentrismo puede ser analizado como una mala praxis de la investigación científica. El hombre, como sujeto y objeto exclusivo de estudios, ha impuesto numerosos sesgos a los descubrimientos en el ámbito -ni neutral ni universal- de las ciencias. Desde este lugar debemos paramos para empezar a desacreditar prácticas y discursos planteados como universales, pero que parten de miradas parciales, de modo que empiecen a aparecer – o a profundizarse- las grietas a través de las cuales podamos desmontar las lógicas hegemónicas.

Con la llegada de Internet en 1995 la información empezó a hacerse más accesible y asequible. Más cerca en el tiempo, las redes sociales se han ajustado como un guante a los movimientos sociales y, en particular, al Movimiento de Mujeres. No obstante, los medios de comunicación, incluso en Internet, siguen siendo la esfera en la que menos se ha avanzado en materia de igualdad.

¿No es antiguo ya hablar de Patriarcado?, le preguntaron hace poco, y ella respondió: “Hoy, en pleno Siglo XXI, el 100% de los poderes religioso y militar, continúa en manos de los hombres; y el 80% de los poderes económico y político, son también masculinos. El éxito del patriarcado reside precisamente en haberse hecho invisible. Bueno, es necesario que hagamos visibles todas y cada una de sus violencias. Necesitamos desacreditar al Patriarcado. Ya que hemos llegado hasta aquí no podemos parar hasta conseguirlo”.

La necesidad de mujeres en la función pública 

AL SALIR DE LA MIRADA BINARIA

Ahora bien, los cruces obligados. Gran parte de las propuestas y exposiciones estaban planteadas en términos binarios, algo que no sólo me hizo ruido, sino que me empujó a indagar en lo que ocurre con, por ejemplo, las personas trans en la vida política. Bueno lo cierto es que los casos son tan reducidos que sólo tienen lugar como excepción: en la actualidad, de toda Latinoamérica, solo Ecuador y Venezuela cuentan con representantes transgénero en sus Parlamentos nacionales. La abogada Tamara Andrián ganó su escaño por la MUD (Mesa de la Unidad Democrática) en la Asamblea Nacional de Venezuela en 2015; y, en Ecuador, la activista Diane Rodríguez fue elegida diputada a la Asamblea Nacional en mayo de 2017. Es cierto que, en Uruguay, Michelle Suárez, del Frente Amplio, había sido la primera legisladora transexual de la historia del país, pero vio truncada su carrera política en diciembre de 2017 por un caso de fraude en una actividad privada. En México, Rubi Anayanzi Suárez es, desde 2016, concejala del ayuntamiento de Guanajuato y primera transgénero en llegar a un cargo público en el país azteca. Siguen su camino Juliana Pineda y Adriana Aguilar que optan a las alcaldías de Lázaro Cárdenas y de Uruapan, respectivamente, en las elecciones del 1 de julio.

Del mismo modo, cabe decir que el continente americano lidera como el de mayores índices de crímenes tranfóbicos, presentándose 159 casos en América del Norte, aunado a la escandalosa y alarmante cifra de 1.768 casos en América del Sur y Central. Hemos visto defensores y personas transgénero atacadas y gobiernos que son lentos a la hora de investigar y prevenir futuros crímenes de odio. Sin embargo, vemos en forma paralela a fuertes líderes trans en la región que se postulan para mejorar la vida de la comunidad. En materia de derechos, en diferentes países de la región ya se reconoce plenamente, al menos en papel, el derecho a la identidad de las personas trans. Entre estos se encuentran Argentina, Bolivia, Colombia, Ecuador, México y Uruguay. Pero como viene siendo el común denominador, cuesta hacer llegar las leyes del papel a la tierra, del ámbito nacional a los territorios locales.

Los datos que brindaré a continuación fueron extraídos casi en su totalidad de los discursos inaugurales del Evento, a cargo de autoridades de ONU Mujeres, la Red Iberoamericana de Género, la Unión Iberoamericana de Municipalistas, líderes y lideresas de toda Iberoamérica, así como algunas de las conferencistas principales de la Cumbre.

La realidad de las mujeres en el escenario político latinoamericano no es nada alentadora. Nos hemos quedado sin representantes femeninas tanto en las presidencias como en las alcaldías de las capitales de todos los países. Existe sólo un 13,4% de alcaldías gobernadas por mujeres, cifra que ha aumentado apenas un 5% en los últimos veinte años. Y, si bien las mujeres concejalas representan el 29,9% del total de concejalías en la región, ni siquiera se ha logrado superar la masa crítica y lejos se está de alcanzar la paridad representativa – con excepción de Bolivia, único país en donde las mujeres ostentan el 51,1% de las concejalías municipales, gracias a la promulgación y aplicación de la Ley de Paridad-. El mayor retroceso se dio en municipios y alcaldías, lo que expone que, en el ámbito local, es donde aparecen los modelos patriarcales más extremos. De hecho, de las 50 ciudades del mundo más peligrosas para las mujeres -por las tasas de femicidios-, 14 están en América Latina.

Además, tal como expuso la experta en Comunicación Política Argentina, Virginia García Beaudoux, el 52% de militantes e integrantes de partidos en América Latina son mujeres, pero menos del 15% de los presidentes y presidentas de partidos son mujeres.

“¿Cómo puede ser que un grupo que constituye la mitad del planeta no ocupe la mitad de las posiciones de poder y liderazgo del planeta?”, se preguntaba. “El denominador común son los estereotipos de género: el que asocia al liderazgo con tributos exclusivamente masculinos; los que afirman que la mujeres son ante todo madres, que las mujeres son inexpertas, que no están preparadas; que no controlan sus emociones, y, en último lugar, el que sexualiza y despolitiza el rol de las mujeres en el ámbito público”, argumentaba García Beaudoux a partir de un estudio que ella coordinó.

En este sentido, todas y todos los expositores coincidieron en que la igualdad de género en la política no es sólo una herramienta para garantizar derechos, sino un requisito fundamental para el desarrollo. No se puede hablar de desarrollo sino se pone como prioridad la igualdad de género. Es el mayor acelerador de desarrollo sostenible, económico y político.

Está demostrado que las ciudades con importante presencia y liderazgo de mujeres en política pública son más pacíficas, prósperas y sostenibles. Del mismo modo, que esa presencia genera un efecto multiplicador en la participación de otras mujeres. Sin embargo, la política formal no sólo minusvalora los liderazgos femeninos y los discrimina de las candidaturas electorales, sino que además representa un ámbito hostil para las mujeres, con altas manifestaciones de violencia política en razón de género que han llegado al femicidio político. De hecho, durante el evento se generó un documento para llamar a la acción ante la violencia contra las mujeres en la vida política. Asimismo, se invitó a reflexionar sobre la importancia de contar con diagnósticos certeros y homogéneos de las violencias en los ámbitos locales, para poder diseñar y medir políticas públicas de manera efectiva.

“La agenda de género en la vida política no es para que las mujeres nos ocupemos de las mujeres, sino para que el poder se ocupe de todas las personas”. En este sentido, se reconoce el rol del movimiento de mujeres no sólo en la visibilización, denuncia y transformación de las desigualdades, sino en la mejora de las sociedades en las que se ha asentado. “El feminismo ha mejorado todas las sociedades en las que ha hecho pie. En el desarrollo de la democracia, en el desarrollo de la justicia, en el desarrollo de la economía y de la política, ha generado sociedades más igualitarias”, aseveró Nuria Varela.

 

 Las mujeres y el empoderamiento económico: revolución congelada

Si pensamos en las cifras anteriores y sumamos el dato de que el 60% de las egresadas de universidades en América Latina son mujeres, es inevitable preguntarnos: ¿adónde quedan esos talentos? A esto se suma el hecho de que una de cada tres mujeres en América Latina no posee ingresos propios. Y que, por supuesto, las mujeres rurales son las más vulnerables en este sentido.

Alma Espino, economista y feminista de Uruguay, reflexionó sobre la necesidad de empoderamiento económico de las mujeres latinas pero, antes, se preguntó qué es lo que entendemos por empoderamiento: “Partiendo del supuesto de que el trabajo remunerado y los empleos de calidad pueden constituir una base para el empoderamiento de las mujeres, nos pareció importante pensar primero en el uso que se le da al término. El concepto de empoderamiento económico no refiere sólo a la capacidad de tener éxito y avanzar económicamente, sino al poder de tomar las decisiones económicas y actuar sobre ellas, a partir de aspiraciones propias”, aseveró.

En una investigación que realizó con mujeres de todos los países de la región, encontró las siguientes restricciones en el avance hacia el empoderamiento femenino: “Los estereotipos de género, así como a la pertenencia étnica, racial, generacional, el nivel educativo, las experiencias de vida, religión y cultura, entre otras dimensiones conocidas también como restricciones intrínsecas de género”. Otra restricción clave es “la división sexual del trabajo en el hogar y en el mercado, que reproduce y crea nuevas restricciones”: el impuesto oculto que pagamos las mujeres con los trabajos no remunerados de cuidado y reproducción al interior de los hogares, al que le dedicamos 3 veces más tiempo que los hombres. “Esto se conoce como la revolución congelada, pues las mujeres ingresamos al mercado laboral, pero los hombres no ingresaron de la misma forma al trabajo en el hogar. Esas desigualdades sostienen la segmentación en el mercado laboral”, aseveró Espino.

Cae de maduro que, no por ingresar al mercado laboral vamos a estamos liberadas. Un mercado que, concibe como ideal a un empleado que no se ocupa de nada ni de nadie -ni siquiera de sí mismo- fuera de su trabajo, poco tiene de liberador para nadie. Y poco tiene de amigable para las mujeres, grandes protagonistas de los roles del cuidado. Entonces, hay que ingresar al mercado, pero además hay que cambiarlo. Y para ello, se necesita al Estado.

Aparece nuevamente la urgencia de generar políticas públicas por la igualdad, mejorar los diagnósticos, territorializando los estudios; adecuar normas y regulaciones, como las licencias por paternidad y maternidad, y trabajar fuertemente por un acceso equitativo a la educación y la capacitación, especialmente entre adolescente. Las normativas deben orientarse fuertemente en promover los cambios culturales que puedan derribar los estereotipos de género. Otra cuestión fundamental es reconocer el trabajo doméstico y las economías del cuidado como aporte fundamental al desarrollo local. Las desigualdades de género impiden la redistribución del ingreso, su aporte al crecimiento y al bienestar general. Está demostrado que las fuerzas del mercado no pueden eliminarlas por sí solas, todo lo contrario, quienes tienen el poder de hacer algo son los Estados.

Las mujeres y el territorio, una alianza indivisible

Aparece una visión cruda y, a la vez, esperanzadora del ámbito local, espacio clave en la construcción de un pacto social: “La ciudad no es sólo la infraestructura y el espacio físico, es la relación y la dualidad de lo urbano y lo rural, y es también la forma de relacionarnos y vincularnos. Vivimos todavía en ciudades machistas y patriarcales” , expresaba la investigadora quiteña Pamela Olmedo.

“Hay que reconocer a la ciudad como un espacio en disputa, en el que se producen y reproducen desigualdades”, la secundaba la doctora en Vivienda Social argentina Ana Falú. Entonces, hay que hablar de Derecho a la ciudad, pero además preguntarse: “¿Derecho a la ciudad para quiénes? ¿De qué sujetos de la diversidad estamos hablando? ¿Estamos pensando en las diversidades sexo disidentes, estamos pensando en las mujeres originarias, en las afroamericanas? Hay que animarse a mirar a los territorios desde la desigualdades”, instó Falú. “Nuestros territorios van desde nuestros cuerpos, desde la posibilidad de decidir sobre nuestros cuerpos, en primer lugar, a ese cuarto propio, al decir de Virginia Woolf, que es el barrio, para, en tercer lugar, poder tener acceso a esa ciudad compleja e inasible en la que debemos acercar las brechas de la desigualdad”. Esto invita a repensar el rol de quienes habitan las ciudades, sumamente activo, en la construcción de las mismas, y a las mujeres de la política pública como actoras claves de transformación.

“Todo lo que violenta a la tierra violenta a las mujeres. Todo lo que violenta a las mujeres, violenta a la tierra”, expresaba una concejala originaria ecuatoriana, invitándonos a reflexionar sobre el arraigo, tema nodal en la conferencia magistral de Rita Segato. “El arraigo es un valor que traemos las mujeres. La política está cayendo en nuestras manos porque las políticas patriarcales han fracasado todas”, había aseverado la antropóloga y feminista argentina.

“En el campo que me ocupa, que es el de las violencias, no veo el rédito a más de 40 años de batallar y de incluir nuestros temas en agenda. Lo mismo, en el ámbito urbano. ¿Qué ha ocurrido con todos esos esfuerzos en el campo estatal? Bueno, sucede que el Estado tiene un ADN patriarcal. Las revoluciones de barbudos no llegaron a destino porque eran estatales-patriarcales. Creían que tomando el Estado, podía reinventarse la Historia. Pero eso no funcionó y ahí es cuando la Historia viene a nuestra mano”, expresó Segato, dejando entrever, en el medio de estas lecturas algo pesimistas, una luz de esperanza en los ámbitos locales: “Donde existe una comunidad existe una politicidad de las mujeres. Por eso mi esperanza última está puesta en los municipios, en lo comunitario”.

No obstante, reconocía que, en la privatización del espacio doméstico -un fenómeno moderno, pues antes era el ámbito político en el que se tomaban las decisiones-, es donde se explica la abrupta caída de las posiciones femeninas sobre el dinero, sobre su cuerpo, sobre la vida comunitaria. “Hay que volver a construir los tejidos comunitarios. Nos han secuestrado la política y la capacidad de negociar”, arremetía, poniendo sobre la mesa el desafío y la necesidad de reconstruir lo uno y lo otro, para lo cual es fundamental la alianza entre mujeres. Es que “cuando el viento de la política sopla para el pueblo, sopla también para las mujeres”, afirmaba, reivindicando nuevamente al terreno municipal, como estado capaz de devolver comunidad a la gente. “Yo no he visto Estados nación con capacidad de proteger a las personas. Quizás la gestión municipal pueda acercarse más”. Allí donde las violencias están al alcance y pueden abordarse.

América Latina, la región más violenta para las mujeres

Segato también se expresó con notoria preocupación sobre la violencia contra las mujeres, a quienes concibe como “sujetas del arraigo”: “Las mujeres tenemos todas un protagonismo en la defensa de algo que vincula al cuerpo a un territorio particular y vemos la relación entre la protección de ese territorio y la protección de nuestro cuerpo. Ese es el arraigo, y el arraigo es el más grande obstáculo del proyecto histórico del Capital”. El arraigo es un valor no convertible al valor del capital. La gente tiene derecho de estar en esos lugares, es algo intrínseco y las mujeres lo saben. Por eso, para correrlas, se recurre a actos de extrema crueldad, gran parte de los cuales, caen sobre las mujeres.

Hay una afinidad entre propiedad y control de los cuerpos de las Mujeres: “No podemos analizar este brote actual de violencia machista, en términos de cantidad pero también con una crueldad

nunca antes vista, de forma separada a los procesos económicos. En un mundo en el que ya no podemos hablar de desigualdad, pues lo que hay es una estructura de dueñidad, a quienes se les ha ido quitando todo, a quienes se los ha precarizado en todos los órdenes, ejercen la dueñidad sobre el cuerpo de las mujeres. La masculinidad está precarizada y busca restaurarse mediante la apropiación de los cuerpos, la sexualidad y la vida de las mujeres”, afirmó la Antropóloga. “Lo que hay que desmontar es el mandato de masculinidad, el mandato de potencia y de crueldad, que sustenta la guerra y el extractivismo. Estamos viviendo en una Prehistoria patriarcal de la humanidad: o salimos de ella, o la humanidad se termina”, concluyó.

¿Qué es esto de la prehistoria patriarcal? Bueno, durante la Cumbre se brindaron algunos números que encienden alarmas. De acuerdo al Informe de la ONU (22 de noviembre de 2017), América Latina y el Caribe es la región del mundo con mayores índices de violencia contra la mujer. La región ‘’presenta la tasa mayor de violencia sexual fuera de la pareja del mundo y la segunda tasa mayor de violencia por parte de pareja o expareja’’. A estos reportes se suman las cifras oficiales proporcionadas en 2016 por el Observatorio de Igualdad de Género de la CEPAL (OIG), que afirma que de 17 países de la región (14 de América Latina y 3 del Caribe) un total de 1.998 mujeres fueron víctimas de feminicidio, siendo El Salvador y Honduras los que encabezan la lista. El informe de la ONU advierte también que el número de feminicidios en la región va en aumento y que, alrededor del 30% de las mujeres, han sido víctimas de violencia por parte de su pareja y el 10,7% han sufrido violencia de otra índole.

La paradoja radica en que, al mismo tiempo, han proliferado las legislaciones. Respecto al 2013, hubo un crecimiento del 20% en la creación de normativas y, actualmente, en 24 países de los 33 de América Latina y el Caribe existen leyes contra las violencias de género. Nueve de ellos han sancionado leyes que tipifican diversas expresiones de violencia machista y 16 países, han tipificado el femicidio de manera penal. Sin embargo, la mayoría de los casos permanecen impunes. Se reconoce a la violencia contra la mujer como “un problema de salud pública”, considerado “el fenómeno social más devastador y que más vidas de mujeres se cobra por año en todo el mundo”.

Algunas reflexiones finales

Uno de los ejes de la Cumbre fueron los 17 Objetivos para el Desarrollo Sostenible, entre los cuales se reconoce a la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres -a los que, considero, es urgente incluir el goce de todas las orientaciones sexuales e identidades autopercibidas de género de manera autónoma, legítima, legal y, en definitiva, libre-, no solo como uno de los objetivos, sino como una base estructural de la agenda de desarrollo global. No hay estado local que pueda jactarse de desarrollado, si no incluye de manera transversal la perspectiva feminista en su agenda. Retomando las reflexiones sobre el territorio, es en el ámbito local donde conviven las restricciones y las oportunidades para el progreso económico y social de la diversidad de la población en situación de vulnerabilidad.

Tras repasar las cifras de la violencia en la región, aparece sin dudas una mirada pesimista del rol y los logros de los Estados nación en la protección y la garantía de los derechos de las personas que lo componen. Es que, siguiendo la línea de reflexión propuesta por Segato, no dejan de ser entes tan patriarcales y clasistas como quienes los crearon y esculpieron a su imagen y semejanza. Esto no pretende negar la importancia de los estados en el mundo actual, todo lo contrario: busca reconocerlos como terreno en disputa y como ámbito de posibilidad. Por eso me parece clave la comprensión de que no basta con generar cupos o pedir paridad, es necesario feminizar la función política.

Además de ocupar los espacios, hay que transformarlos. Es obvio que si no estamos, no haremos ni lo uno ni lo otro, pero hay que poder ir más allá: transformar los “atributos” esperables de un buen político, romper los estereotipos, introducir a la política valores -y términos- como el afecto, el amor y la sensibilidad. Algo que existe en las bases y abunda en el movimiento de mujeres, pero que no ha penetrado del todo el ámbito estatal. De este modo, quizás, podamos ver de manera más palpable y real, el alcance de todo ese bagaje de leyes nacionales contra las violencias machistas y a favor de nuestras libertades, en cada una de las ciudades que habitamos. Quisiera agregar que no alcanza con la paridad o con la igualdad porque esto implica leer el mundo en términos binarios, hombre-mujer, y no en clave de diversidad.

Ojalá que en algún momento ni tengamos que hacer especificaciones de género, y podamos hablar solo de personas, sin embargo, mientras sigan existiendo las desigualdades, de lo que se trata es de diversificar. Y nada de esto se puede lograr sin el feminismo. Va siendo hora, entonces, de que los estados locales y los partidos, todos los cuales tienen compañeras feministas entre sus filas, empiecen a considerar al movimiento mucho más que como un interlocutor válido: como una columna vertebral sin la cual no hay desarrollo ni futuro posible. Está demostrado.

Antes de arribar a la última conclusión, voy a sumar una reflexión sentipensante que me atraviesa el cuerpo desde que pisé suelo cuencano, incluso antes, y me trae una certeza: que asistimos a un cambio cultural sin precedentes. En la coyuntura actual de mi país es palpable, lo vemos, somos testigos del ímpetu con el que se manifiesta esa generación sub 20 que se viene, o, bueno, que ya está, y es la gran protagonista de este fenómeno que algunas han dado en llamar la Cuarta Ola Feminista. Lo mejor de todo es que podemos observar, o tal vez intuir – esa sabiduría femenina tan denostada por el conocimiento racional-, que no son sólo la fuerza de cambio, sino que ellas mismas, ellos mismos, son el cambio que le piden al mundo y, por eso, a pesar del desaliento general y de los datos fríos que vomita la desidia patriarcal, igual hoy, soy, somos, capaces de sentir esperanza. Esto, claro, no impide que me siga preguntando, por ejemplo, si el Estado, los estados, van a estar a la altura.

En esta misma coyuntura, es evidente que el feminismo ha expuesto grietas añejas al interior de las estructuras partidarias, sostenidas con mucho alambre y muy poca base. Pero también, que buena del feminismo se teje en la calle, en rondas, en multisectoriales – sí, es el movimiento político más inclusivo, plural, intercontinental y revolucionario del mundo actual-, y, en general, reniega de representantes. Entonces, ¿cómo hacer llegar toda esa fuerza al estrado estatal?

¿Transformar de adentro? ¿Derrumbar de afuera? ¿Transformaciones individuales y alianzas sororas que trasciendan las lógicas partidarias? Las preguntas son muchas y el desafío muy grande. Ojalá sean un punto de partida para seguir apostando al encuentro, a la búsqueda de respuestas, o de preguntas nuevas, porque así como me calzo la esperanza, no me tiembla la palabra al afirmar que no nos sobra el tiempo, ni a las mujeres ni a la tierra. En ambos casos, es urgente.

Por Regina Grisolia, Licenciada en Comunicación Social, Diplomada en Género.